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miércoles 6 de enero de 2010

CONFERENCIA: EL CUENTO FANTÁSTICO PERUANO EN LOS AÑOS CINCUENTA

Conferencia Magistral:
“El cuento fantástico peruano en los años cincuenta”
Elton Honores
Miércoles 13 de Enero de 2010
6: 00 pm.
Entrada libre
Jr. Ancash 207 - (Antigua estación de Desamparados) - Cercado de Lima
Elton Honores. Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Especialista en narrativa fantástica. Publica y participa como ponente en diversos medios y eventos académicos nacionales e internacionales. Actualmente cursa estudios de Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en la UNMSM. Es codirector de la Revista de Literatura Tinta Expresa y profesor en la Universidad San Ignacio de Loyola, en Lima.

LOS TRABAJOS DEL NAVEGANTE: APROXIMACIÓN A "DIARIO DE NAVEGACIÓN" DE DIEGO LAZARTE


Por Rocío Castro Morgado: El yo poético de este poemario no es como Colón, el marino, que emprendió una larga travesía soñando con hallar el país del clavo y la canela, aunque una referencia el libro lo mencione.
Se parece más a Ulises, aunque su afán es distinto. Ulises pretende escapar de los arduos trabajos en medio de un tempestuoso mar y retornar a Itaca. Nuestro yo poético, más bien, busca los peligros del océano, y como el héroe de Homero se ata a un mástil para no sucumbir en el intento.
No teme que el canto de sirenas lo embruje al punto de obligarlo a arrojarse a las turbulentas aguas, le teme más bien, a la fascinación del monótono transcurrir de peligrosas olas negras que flamean airadas o se empozan densas.
La travesía se inicia con una ceremonia de expiación, en la que nuestro navegante arroja desde una playa desolada, su corazón al mar, “sin escuchar nunca la orilla”.
Luego dirige su elegía a los durmientes, los irredentos mareantes, “que no se detienen en medio del sueño”. Porque este viaje, a pesar de sus peligros, una vez iniciado ha de ser concluido.
¿Cuál es el motivo de esta travesía? A modo de explicación, arguye que cuando después de la adolescencia se “ha descreído del poder de la palabra”, se sufre “la persecución del mar en sueños”. Nada puede despojarnos “del silencio/ de sus amargas penitencias”. Seremos definitivamente “desterrados del amor y sus ritos”.
Esta es la culpa. El yo poético es un suplicante en busca de purificación. Nuestro sonámbulo ha sido condenado a vagar como un fantasma por veredas y laberintos oníricos, para recobrar la palabra perdida.
En esos sueños abundan mujeres particulares o en grupos, siempre enigmáticas, descalzas, silenciosas, que contemplan las aguas tendidas frente al mar sobre toallas, arenas o valvas inertes o se acercan para proponer encuentros fugazmente intensos. Su naturaleza es enigmática y huidiza. Ninguna de ellas conoce la salida.
El poemario es pues un intento de indagación y búsqueda de la palabra. El tránsito que propone anuncia la expiación, un propósito de enmienda y la ceremonia de iniciación. El mareante debe, atado al mástil del lenguaje, abandonarse a la oscuridad, simbolizada por los peligros del mar y el sueño, el miedo y la locura.
Es una elegía, no solo por su añoranza de un tiempo perdido sino porque se invoca a los ausentes, que vuelven de las sombras para traernos noticias de su tránsito, envueltos en un halo fantasmal.
Por eso, el poemario se abre con la mención de un cadáver, devuelto por las aguas. Su presencia es una admonición y una advertencia. Hablar del mar supone estar dispuesto a ser establecido “dentro de sus dominios”.
El mar de Lazarte, más que una masa indoblegable de agua cercada y contenida por muros de tierra, es múltiple, polifacético e inabarcable. Lo describe como “nuestro padre descomunal y obsceno” “de gran boca y de babas amarillas” con imperio sobre el nacimiento y la regeneración, la disolución y la muerte.
En la imagen que el poemario proyecta, como en un daguerrotipo, predominan los grises, la neblina y opacidad de un paisaje, alrededor de manchas del agua y malecones en penumbra, opacos farallones, casas arruinadas, minuciosamente cubiertas de moho y herrumbre, siempre poblados de espectros de arena y sal, por las que solo es posible transitar desde el insomnio, la duermevela o el sueño.
El sueño es la herramienta indispensable, el único navío, para mejor marear. Es necesario dar cuenta de él.
A medida que perdemos
la costumbre de relatar nuestros sueños
-nos solías repetir-
perdemos pericia en las maniobras”
O “erraremos en dar lectura a las escrituras marinas”
“No veremos venir a la muerte
en las aguas lentas –replicabas-

Pero los que se habitúen a soñar con el mar, serán marcados son un signo indeleble que los identifique como portadores de “un miedo húmedo y frío”.
El mar rompe los cercos y hostiga al navegante con sus óxidos y limaduras. Su hálito lame los contornos que lo limitan, corroe la materia que pretende contenerlo, la retuerce y cubre de herrumbre y moho antes de disolverla. En medio de la bruma, el yo poético se pregunta: ¿estaré preparado para aguas más profundas?
Al final de ese peligroso viaje, nuestro navegante retorna con la certeza de estar preparado para emprender otras aventuras, “muchas más noticias tendría sobre estos mares”, y para abandonarse en “más profundas aguas”, porque los poderes de la palabra se le habrán restituido.
Celebramos la grata noticia y esperamos con mucho interés los siguientes viajes de este lúcido y valiente viajero.