En su primera convocatoria, el Premio Cámara Peruana del Libro de Novela Breve 2009 ha galardonado un logro literario digno de relieve: “Segunda persona”, de Selenco Vega (Lima, 1971), quien suma un nuevo lauro a los que ha cosechado hasta ahora, el de los Juegos Florales de San Marcos (1994), el Cuento de las Mil Palabras de la revista “Caretas” (1995), el Poeta Joven del Perú (1998) y el Copé de Oro en Cuento (2006).
Vega posee talento para la poesía y la narrativa, y labra una integración enriquecedora en sus textos: elementos narrativos en sus poemarios (“Casa de familia”, 1995, y “Reinos que declinan”, 2001) y vuelo poético en sus cuentos (“Parejas en el parque y otros cuentos”, 1998, y “El mestizo de las Alpujarras”, 2007) y, ahora, en su novela “Segunda persona”. Esa fusión creadora ha sido resaltada por el jurado del Premio Cámara Peruana del Libro: “Un vuelo poético que, sin embargo, no interfiere con el poder narrativo de la novela”. Además de la expresividad de la prosa, “Segunda persona” teje imágenes poéticas que metaforizan o simbolizan las acciones narradas. La principal es la fábula hindú de la polilla atraída irresistiblemente por el fuego; escuchada en la escuela por Ernesto, es recreada en diversos pasajes, sobre todo en el que se entrega a su reprimida homosexualidad en una discoteca de ambiente. Otra es la del vecino pirómano, también ligada al fuego y su poder peligrosamente fascinador. Añadamos la de una araña que acecha a su víctima en la biblioteca donde Ernesto observa embelesado el cuerpo de Mario; y, más soterrada todavía, la de los muros prehispánicos, a modo de un pasado semisepultado, en la ciudad universitaria.
En un nivel más profundo, “Segunda persona” tiene un eje que puede rastrearse en todos los libros de Vega: exploración de las voces escondidas de la identidad, trátese de los fantasmas familiares de sus poemarios o de la condición mestiza del Inca Garcilaso en “El mestizo de las Alpujarras”. Esta indagación de lo velado alcanza una hondura y una matización mayores en “Segunda persona”. El seudónimo elegido por Vega apunta a las dos caras (o las dos “personas” de un mismo ser humano) de sus personajes: Jano, la deidad romana.
El empleo de la segunda persona gramatical concuerda con el develamiento de la “persona escondida” de Ernesto, todo entretejido con otros personajes (la madre, la hermana y el padre) que se entregan también a niveles reprimidos de su identidad. Precisamente, al enfocar la conducta desinhibida de la madre (heterosexual, a diferencia de la homosexualidad de Ernesto, y es que no se trata únicamente de represión de la orientación sexual, sino de la liberación del deseo frente a las pautas machistas), emerge la mención explícita del título de la novela, la “segunda persona”. Veamos: “Se ponía un vestido largo y ajustado a la cintura; se maquillaba bastante, tanto que al final su cara parecía la de otra mujer. Así, transformada en esa segunda persona, cruzaba la puerta y se perdía hasta altas horas de la madrugada”.
La novela privilegia el develamiento de la “segunda persona” a nivel individual. Pero el pasaje de las ruinas prehispánicas apunta a la identidad colectiva, a raíces históricas marginadas; remite a una “primera persona en plural” (un “nosotros” y no el individualista “yo” actual). Tendiendo puentes con el Ernesto de “Los ríos profundos” de Arguedas, el Ernesto de “Segunda persona” se siente invadido por “la sensación sacrílega de respirar tiempos y lugares prohibidos”. (El Comercio)

















