Por: Mario GrandaEn un país como el nuestro, en el que Mario Vargas Llosa dijo alguna vez que ser un escritor es ser a la larga un derrotado, encontrar la Casa de la Literatura del Perú en medio del Centro de Lima puede parecer un poco surreal. Con esto no queremos decir que se trate de algo inverosímil o ficticio sino, por el contrario, que nos coge por sorpresa, pues hasta hace pocas semanas nadie hubiera creído que la estación de Desamparados se convertiría en el símbolo de lo que aún muchos nos interrogamos: el lugar de la literatura en el país. Con el Palacio de Gobierno y el Bar Cordano a sus lados, la nueva Casa parece haber creado el lazo entre el Estado y la literatura, entre José Santos Chocano (Soy el cantor de América…) y César Vallejo (Hay golpes…), quienes, en grandes imágenes colgadas en banderolas, aparecen en el frontis del edificio.
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No obstante, al final del recorrido tenemos la sensación de que hay algo, no se sabe qué, que se ha ido rápido de nuestras manos. De hecho, ¿qué podemos hacer con tantos paneles y con tantas palabras sobre los escritores, en los que el papel del visitante se limita, en la mayoría de los casos, a solo pasar por la literatura –en, literalmente, solo cumplir con ella—? No nos referimos aquí a que falte uno u otro autor. Aunque muchos lo nieguen, las antologías siempre ilustran un poco más. Tal es el caso de la sala “Los poetas del pueblo”, en el que se hace una reseña sobre los poetas apristas de mediados de siglo XX (en otras situaciones hubiera sido un poco difícil encontrarla). Pero lo que ocurre es que la Casa de la Literatura aún tiene un modelo muy contenidista, en el que lo más importante es lo que se dice del escritor y no su literatura, lo que el escritor es. Es cierto que se podrá decir que se trata solo de una “muestra”, hasta de un “museo”… ¿pero no se trata, justamente, de hacer lo contrario? La literatura se toca, se experimenta, se hace vivir. Es cierto que se trata del primer día de la apertura, pero por todas partes hay personas que nos reciben en las salas preocupadas en que “miremos” los paneles y que sigamos el orden cronológico-histórico de la literatura. En una parte del camino se encuentra la “Torre de libros”, que es un mueble muy alto en el que hay libros que forman una torre y se puede pasar por debajo, pero nos explican que de ella no se puede tomar ningún libro y que solo es un “símbolo” de la literatura peruana. Ya imaginamos al alumno escolar visitando la Casa, pero muy aburrido (tanto como el profesor) al descubrir que solo ha sido llamado para ver pero no para participar. Leer todo el artículo aquí...(Bitácora de El Hablador)







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